martes, 17 de julio de 2012

LA NBA DE LA LITERATURA

Más que como un invitado inoportuno –el típico cretino con gafas de opositor enchufado, barba entrecana digna de los piojos de aquel otro mandatario hispano (según el poema de Verlaine) que moría en El Escorial, y palabra solo un poco más huera que embustera, la recesión ha visitado a la familia como un psicópata avezado, tipo estrangulador de Boston o aquel otro de "Frenesí".

                   

Con mi hermano y el cuñado en paro, por falta de audiencia, a mi hermana y a mi progenitora acaban de arrebatarles sus micrófonos del programa de radio. No sé si recordáis que mi madre, perspicaz en escudriñar el futuro, recibía llamadas de oyentes que querían conocer las carambolas de su destino. Pero hoy en día las cartas del tarot están marcadas. En esta coyuntura ningún parado necesita que le digan que no va a encontrar trabajo, y no resultan verosímiles las predicciones optimistas –las más comerciales y por ende falsas, aquéllas que le exigía el director de emisiones. Por si fuera poco, desengañada de sus escuálidos ingresos, la consorte ha dimitido de su trabajo de modelo, ya que ni siquiera recibía las clásicas proposiciones del oficio.

Y en cuanto a mi contexto laboral, me encuentro al umbral de la oficina del INEM: me han nombrado director de la sucursal, el cargo más miserable de este mundo en crisis. Con el mismo sueldo pírrico y mutadas las comisiones en penalizaciones por crédito concedido, ocupo un sillón tan basculante e inseguro que cualquier día me desplomaré al suelo. Por no hablar que esta oficina es un auténtico vestíbulo del paro: quedamos cuatro de los dieciocho que éramos hace cinco años.

Y lo peor es que acostumbrado a leer a escondidas, no me concentro cada vez que “abro abiertamente” un libro en horario de trabajo, echo de menos el placer inefable de lo furtivo, la atención que me propiciaba tener el tercer ojo alerta para no ser sorprendido por el director. Respecto a éste, en su condición de cornudo y segundón vocacional que por mucho que intentara imponerse a base de imprecaciones y anatemas nunca dejaba de ser el típico que por la calle cede el paso, camina haciendo reverencias y genuflexiones, y resulta marginal hasta en el desarrollo de unos acontecimientos que siempre lo apabullan, ha sido inmisericordemente despedido, como si a los jefes hubiera acabado por empalagarlos tanta capa de miel como untaba.

Lo dicho, que apenas avanzo en la lectura de los relatos de Flannery O'Connor, otra narradora procedente del viejo Sur americano, un soleado panorama de graneros a punto de ser prendidos por pirómanos, espumosos campos de algodón y casetas de esclavos, visto desde un porche de columnas griegas donde los chasquidos de una mecedora contrapuntean el borboteo del bourbon.

Integran dicha estirpe de prosistas Carson McCullers (no me convenció la adaptación de Huston de “Reflejos de un ojo dorado”), Harper Lee (tuvo más suerte con Robert Mulligan: “Matar a un ruiseñor”), el primer Capote –el maduro se hizo neoyorquinoR.P.Warren (en cuya novela Rossen basó ese magistral manual de demagogos que es “El político”), Sherwood Anderson, un cuentista insigne, Tennessee Williams (con todo su teatro dignamente trasvasado a la pantalla), y el más grande, el Michael Jordan de ese “Dream Team” de la “Conferencia del Profundo Sur” de la NBA, William Faulkner, de mala fortuna –a excepción de “Pylon”– en las versiones fílmicas de sus novelas, y él mismo guionista tan vacilante como sus manos de ilustre bebedor.

                   

Algunos de los temas comunes a estos herederos del paisaje entre grotesco y alucinatorio de otro sureño, Poe, son la infancia, la neurosis, el complejo de culpa del hombre blanco ante la esclavitud, la Guerra de Secesión, la represión sexual, las reivindicaciones sociales, siempre modulados con un estilo y una estructura tan modernistas que en comparación lo que que hoy encontramos en las librerías parece escrito antes de los años treinta, cuando los anteriores empezaban a afilar sus plumas.

Pero en perjuicio de vuestro sueño, me he propuesto prescindir de parrafadas críticas dignas del predicador de "Sangre Sabia" –la novela de O’Connor canonizada por Harold Bloom, y ya habréis comprobado que las he sustituido por parodias de su estilo literario que definan al autor de turno mucho mejor que cualquier discursito, como en el caso del post “Al estilo de Bolaño” o el próximo, dedicado a Raymond Chandler.

Conatos seguramente erráticos, pero en cualquier caso más interesantes que los relatos de mi hermano, cuyo último ejemplo, el protagonizado por Hemingway (ver último post) me ha convencido de la precariedad del destino de la familia. Porque éste se cifra en su más que dudoso éxito literario y en el salón de belleza de mi cuñada, que simultanea los tratamientos con actividades culturales y tertulias afines a aquellos salones dieciochescos de París.

Aunque, como en el caso de Lampedusa, animado por su descaro de remitir el manuscrito a un puñado de editoriales, puede que también yo efectúe al respecto algún intento más desesperado que Steve McQueen o Jean Gabin a la hora de fugarse de los campos de prisioneros de “La gran evasión” o “La gran ilusión”.

Y si todo fracasa, a la hora de buscar trabajo, siempre nos quedará esa ultima gota de sudor que a golpes de tambor el buen cómitre sabe extraer de los remeros, ese esfuerzo terminal que el látigo del capataz exprime de los esclavos, es decir, el estímulo marginal que según nuestros próceres nos supondrá la reducción de las prestaciones por desempleo.

Por lo demás, puede que Nietzsche ya hubiera enloquecido cuando dejó a un lado a Wagner y se aficionó a la zarzuela, pero no al elaborar su teoría del eterno retorno. Lo digo porque en los tiempos del primer Borbón –anti catalanista– se promovió la “Guerra de Sucesión” y, caso de atreverse el actual gobierno a intervenir Cataluña, podría producirse una secesión, como en el Profundo Sur. 

Pero por algún motivo me cuesta asociar a Rajoy con George Washington, salvo en que, cumpliendo la teoría de éste, solo pudo engañar a mucha gente durante poco tiempo.

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