viernes, 9 de noviembre de 2012

AL ROJO VIVO


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Supongo que hasta las leonas lucharán por sus crías, pero ninguna madre le habrá tendido a su hijo una escala como la mía para que alcance la cima del mundo. Desde el principio he sido el pañuelo y el sostén de Cody, su aliento y descanso, su alegría y calor. Le enseñé que su padre se había equivocado de vida porque lo más alto que nunca llegó fue a aquel andamio, y cuando hubo que ingresarlo en el manicomio nos dejó una caja de galletas llena de facturas y papeletas de empeño.

En vez de propiedades, de su padre Cody solo heredó esas jaquecas que parecen trepanarle el cráneo y que cuando niño llegué a creer que dramatizaba para buscar mi regazo. Como las madres espartanas, yo le daba un caramelo cada vez que volvía con un ojo morado o un diente roto de sus correrías por el Upperside. Le enseñé que es preferible un fracaso estrepitoso, consumir la vida entera en una instantánea apoteosis de sangre y fuego, a la pírrica victoria de sobrevivir con un trabajo honrado, el aburrimiento pegándose a la piel de tu vida como una sanguijuela insaciable.

Gracias a eso, cuando a los diecisiete Cody ingresó en aquella banda de traficantes de alcohol, pude dejar de limpiar oficinas por las tardes; y después de que tiroteara al jefe para ocupar su puesto, me ausenté sin avisar de la lavandería. A partir de entonces me convertí en el cerebro de Cody y de los suyos, y pude poner en práctica todas las fantasías que me habían consolado durante tantos años de empleos serviles. Cody es obra mía gracias a lo moldeable que me resulta su carácter. Ninguna madre nunca ha tenido la suerte de tener un hijo que que le quiera tanto como Cody a mí. Me ama y me necesita como el aire que respira, como los campos a la lluvia y el dinero a las cajas fuertes. Sacia sus apetitos más gruesos con periódicas mujerzuelas y para lo demás me tiene a mí.

Y hablando de cajas fuertes, también yo planifiqué nuestro último golpe: un trabajito en aquel tren a su paso por el túnel de Alta Sierra. Entre varios de los nuestros que se habían infiltrado como viajeros y el grupo de Cody desde fuera, detuvieron el tren. Dinamitaron la cámara acorazada y se hicieron con trescientos mil dólares de dinero federal, que venderemos por casi la mitad en el mercado negro de Europa. Eso sí, hubo que liquidar a un revisor y a un maquinista, que al caer abrió la espita y le quemó toda la cara a Zuckie –un rookie en el oficio- con un chorro de vapor.

Huyeron con el botín a una cabaña de lo alto de la sierra, muy cerca de la cima del mundo, donde yo esperaba rezando por Cody en compañía de Verna, su última fulana, una perra que ha reclutado de las esquinas. Por suerte, la bofia nos creía en Arizona. Pero como a los pocos días en aquellas soledades, con la nieve, nos sepultaba el más sordo tedio, el mal encarado de Ed empezaba a tramar cómo derrocar a Cody, Verna gemía de frío como la mala perra que es, y a mi hijo empezaban a atenazarle las jaquecas, lo convencí para que bajáramos a Los Ángeles. El campo no se ha hecho para los gánsteres, que odian su onerosa lentitud y tienen a la ciudad en su mente porque su mente es la ciudad: los vericuetos de las callejuelas son los recovecos de sus instintos.

Tan necesario como haber subido a aquellas cumbres ahora era descenderlas. Todo lo que pienso es por el bien de Cody; cuando estoy a su lado respiro más despacio para dejarle oxígeno de sobra –que le nutra el cerebro- como de pequeño me quedaba sin cenar para que se alimentara bien. Así que desoímos las súplicas de Zuckie por un imposible, fútil, médico y lo abandonamos en la cabaña vendado como una momia; pero antes de subir al coche Cody le ordenó a Cotton que pusiera fin a la agonía de su mejor amigo. Oímos los disparos desde fuera. Ignoro qué pistas pudimos dejar atrás, pues yo misma me había ocupado de limpiar la casa y no nos preocupamos de enterrar a Zuckie porque no estaba fichado, pero lo cierto es que en seguida nos asociaron con el asalto al tren y lo peor es que aún no lo sabíamos. Cada vez la policía dispone de más adelantos técnicos y nosotros seguimos anclados en lo antiguo.

Por seguridad la banda se separó, y Cody, Verna y yo, con un tercio de millón en el bolsillo, nos alojamos en los humildes moteles Bilbanks. Al día siguiente madrugué, y como no sé me ocurrió nada mejor que hacer por Cody, cogí el coche y me fui al mercado a comprarle fresas, su postre favorito. En el camino de vuelta me siguieron. Alguien me había identificado y me echó encima a los perros de la policía. Yo misma hice de rastreadora para esas alimañas, porque aunque pensé haberlos despistado, mientras los tres hacíamos el equipaje, nos sorprendieron y Cody nos abrió paso a tiros.

Pisó fuerte el acelerador y logramos camuflarnos en un autocine, pero la situación era desesperada. Los aullidos de las sirenas no dejaban a nadie oír la película, y lo peor es que era una de cine negro; cuando ejecutaban al culpable en la silla eléctrica me dio un escalofrío de espanto. Cortarían todas las carreteras y no podríamos escapar. Pero Cody tenía una bala en la recámara: ese chico a salido a mí. Para caso de emergencia se había buscado quien lo delatase como miembro de la banda que robó –sin víctimas- en el hotel Palace, en Springfield, a la misma hora del asalto al tren. De modo que si se entregaba y se confesaba culpable de aquella minucia, evitaría la cámara de gas. En cuanto a Verna y yo, juraríamos no haberlo visto en largos meses.

Todo ha salido bien: apenas le han caído entre uno y tres años de condena. Lástima que el plan tuviera el defecto de dejar libre a esa perra rabiosa de Verna, que a cada momento quiere morderme, y al rufián de Ed. Ya se acuestan juntos; anoche me despertaron los gemidos de esa perra en celo. A mí eso no me importa; lo grave es que desde el primer día Ed se ha negado a obedecerme. Y aunque no me ha negado la parte de Cody en el último golpe, el sesgo con que me mira, la forma en que se muerde el labio inferior y cómo se le tensa la piel de los pómulos, denotan que trama algo. Y si se atreve a acostarse con Verna, es porque espera que Cody no salga vivo de la cárcel. Lo mejor que puedo hacer por mi hijo es cargarme a ese traidor; será peligroso, pero no se esperará que una anciana lleve una automática en el bolso. No temo por mí, sino por Cody: ¿quién cuidará de él si a mí me pasa algo?

Y además, ahora que está tan cerca de lograrlo, me gustaría vivir para ver el día que alcance la cima del mundo.                                      
                                                                                                                                                                     

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